Tuesday, December 25, 2012

Cuento de Nochebuena.


                       
Junto a nuestros deseos por una Felíz Navidad plena de Salud, Paz y Bienestar, publicamos este "Cuento de Nochebuena", lleno de encanto, fantasía y espiritualidad,  del poeta nicaraguanse Rubén Darío, máxima representación del modernismo literario en lengua española. 
Darío es llamado "principe de las letras castellanas".


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El hermano Longinos de Santa María era la perla del convento. Perla es decir poco para el caso era un estuche una riqueza un algo incomparable e inencontrable.



Lo mismo ayudaba al docto fray Benito en sus copias, distinguiéndose en ornar de mayúsculas los manuscritos;
como en la cocina hacía exhalar suaves olores a la fritanga permitida después del tiempo de ayuno; 
así servía de sacristán, 
como cultivaba las legumbres del huerto 
y en maitines o vísperas, su hermosa voz de sochantre resonaba armoniosamente bajo la techumbre de la capilla.      


Más su mayor mérito consistía en su maravilloso don musical; en sus manos, en sus ilustres manos de organista.
Ninguno entre toda la 
comunidad conocía como él, aquel sonoro instrumento del cual hacía brotar las notas como bandadas de aves melodiosas, ninguno como él acompañaba, como poseído por un celestial espíritu, las prosas y los himnos y las voces sagradas del canto llano. 

Su eminencia el cardenal —que había visitado el convento en un día inolvidable— había bendecido al hermano, primero, abrazádole enseguida, y por último díchole una elogiosa frase latina, después de oírle tocar. 
 Cuando estaba en alguna labor, tenía siempre un himno en los labios,  como sus hermanos los pájaritos de Dios.
Todo lo que en el hermano Longinos resaltaba, estaba iluminado por la más amable sencillez y por la más inocente alegría. 
Y cuando volvía, con su alforja llena de limosnas, taloneando a la borrica, sudoroso bajo el sol, en su cara se veía un tan dulce resplandor de jovialidad, que los campesinos salían a las puertas de sus casas, saludándole, llamándole hacia ellos: 
"¡Eh!, venid acá, hermano Longinos, y tomaréis un buen vaso..." 

Su cara la podéis ver en una tabla que se conserva en la abadía, bajo una frente noble, dos ojos humildes y oscuros, la nariz un tantico levantada, en una ingenua expresión de picardía infantil, y en la boca entreabierta, la más bondadosa de las sonrisas. 
                                                                                                               
Avino, pues, que un día de navidad, Longinos fuese a la próxima aldea,
pero: ¿no os he dicho nada del convento?.




 Este estaba situado cerca de una aldea de labradores, no muy distante de una vasta floresta, en donde, antes de la fundación del monasterio, había cenáculos de hechiceros, reuniones de hadas y de silfos, y otras tantas cosas que favorece el poder del Bajísimo, de quien Dios nos guarde. 


Fué, pues, en un día de navidad, y en la aldea, cuando el buen hermano se dió una palmada en la frente y exclamó, lleno de susto, impulsando a su caballería paciente y filosófica:
—¡Desgraciado de mí! ¡Si mereceré triplicar los cilicios y ponerme por toda la vida a pan y agua! 
¡Cómo estarán aguardándome en el monasterio!

Era ya entrada la noche, y el religioso, después de santiguarse, se encaminó por la vía de su convento. 
Las sombras invadieron la Tierra. 
No se veía ya el villorrio y la montaña, negra en medio de la noche, se veía semejante a una titánica fortaleza en que habitasen gigantes y demonios.
Y fue el caso que Longinos, anda que te anda, pater y ave tras pater y ave, advirtió con sorpresa que la senda que seguía la pollina, no era la misma de siempre.
 Con lágrimas en los ojos alzó los ojos al cielo pidiéndole Misericordia al Todopoderoso, cuando percibió en la oscuridad del firmamento una hermosa estrella...



 una hermosa estrella de color de oro, que caminaba junto con él, enviando a la tierra un delicado chorro de luz que servía de guía y de antorcha. 

Dióle gracias al Señor por aquella maravilla y a poco trecho, como en otro tiempo la del profeta Balaam, su cabalgadura se resistió a seguir adelante y le dijo con clara voz de hombre mortal:


"Considerate feliz, hermano Longinos, pues por tus virtudes has sido señalado para un premio portentoso".





 No bien había acabado de oír esto, cuando sintió un ruido, y una oleada de exquisitos aromas. 
Y vió venir por el mismo camino que él seguía y guiados por la estrella que él acababa de admirar, a tres señores espléndidamente ataviados. 
Todos tres tenían porte e insignias reales.


El delantero era rubio como el ángel Azrael; su cabellera larga se esparcía sobre sus hombros, bajo una mitra de oro constelada de piedras preciosas, 
su barba entretejida con perlas e hilos de oro resplandecía sobre su pecho, iba cubierto con un manto en donde estaban bordados, de riquísima manera, aves peregrinas y signos del zodiaco. 
Era el rey Gaspar, caballero en un bello  caballo.

 El otro, de cabellera blanca, ojos también negros y profundamente brillantes, rostro semejante a los que se ven en los bajos relieves asirios, ceñía su frente con una magnífica diadema, vestía vestidos de incalculable precio, era un tanto viejo, y hubiérase dicho de él, con sólo mirarle, ser el monarca de un país misterioso y opulento, del centro de la tierra de Asia. 
Era el rey Baltasar y llevaba un collar de gemas cabalístico que terminaba en un sol de fuegos de diamantes. 
Iba sobre un camello caparazonado y adornado al modo de Oriente.

El tercero era de rostro negro y miraba con singular aire de majestad, formábanle un resplandor los rubíes y esmeraldas de su turbante. 
Como el más soberbio príncipe de un cuento, iba en una labrada silla de marfil y oro sobre un elefante. 
Era el rey Melchor.



 Pasaron sus majestades y tras el elefante del rey Melchor, con un no usado trotecito, la borrica del hermano Longinos, quien, lleno de mística complacencia, desgranaba las cuentas de su largo rosario.


Y sucedió! que —tal como en los días del cruel Herodes— los tres coronados magos, guiados por la estrella divina, llegaron a un pesebre, en donde, como lo pintan los pintores, estaban
 la Reina María, el Santo Señor José y el Dios recién nacido.



Y cerca, la mula y el buey, que entibian con el calor sano de su aliento el aire frío de la noche.

   
 Baltasar, postrado, descorrió junto al Niño un saco de perlas y de piedras preciosas y de polvo de oro.


Gaspar en jarras doradas ofreció los más raros ungüentos. 
Melchor hizo su ofrenda de incienso, de marfiles y de diamantes...

Entonces, desde el fondo de su corazón, Longinos, el buen hermano Longinos, dijo al Niño que sonreía:
—Señor, yo soy un pobre siervo tuyo que en su convento te sirve como puede. 
¿Qué te voy a ofrecer yo, triste de mí? 
¿Qué riquezas tengo, qué perfumes, qué perlas y qué diamantes? 
Toma, señor, mis lágrimas y mis oraciones, que es todo lo que puedo ofrendarte.


Y he aquí que los reyes de Oriente vieron brotar de los labios de Longinos las rosas de sus oraciones, cuyo olor superaba a todos los ungüentos y resinas  

y caer de sus ojos copiosísimas lágrimas que se convertían en los más radiosos diamantes por obra de la superior magia del amor y de la fe, todo esto en tanto que se oía el eco de un coro de pastores en la tierra y la melodía de un coro de ángeles sobre el techo del pesebre.
                   


Entre tanto, en el convento había la mayor desolación. 
Era llegada la hora del oficio. 
La nave de la capilla estaba iluminada por las llamas de los cirios. 
El abad estaba en su sitial, afligido, con su capa de ceremonia. 
Los frailes, la comunidad entera, se miraban con sorprendida tristeza. 
¿Qué desgracia habrá acontecido al buen hermano?
¿Por qué no ha vuelto de la aldea? 
Y es la hora del oficio, y todos están en su puesto, menos quien es gloria de su monasterio, el sencillo y sublime organista... 
¿Quién se atreve a ocupar su lugar? 
Nadie. Ninguno sabe los secretos del teclado, ninguno tiene el don armonioso de Longinos. 
Y como ordena el prior que se proceda a la ceremonia, sin música, todos empiezan el canto dirigiéndose a Dios llenos de una vaga tristeza...


De repente! en los momentos del himno, en que el órgano debía resonar... 
resonó, resonó como nunca. 
Sus bajos eran sagrados truenos, sus trompetas excelsas voces, sus tubos todos estaban como animados por una vida incomprensible y celestial. 
Los monjes cantaron, cantaron, llenos del fuego del milagro.



Y aquella Noche Buena, los campesinos oyeron que el viento llevaba desconocidas armonías del órgano conventual, de aquel órgano que parecía tocado por manos angélicas como las delicadas y puras de la gloriosa Cecilia...

Santa Cecilia Patrona de los músicos.


El hermano Longinos de Santa María entregó su alma a Dios poco tiempo después, murió en olor de santidad.
 Su cuerpo se conserva aún incorrupto, enterrado bajo el coro de la capilla, en una tumba especial, labrada en mármol.




FIN

Amigos, dichosa Nochebuena, un Felíz y Próspero Año Nuevo 2013 pleno de Salud, Alegría, Bendiciones y 
PAZ, PAZ, PAZ.


Con mi amor, les reitero las gracias a mis amados Sebas, Peter y Mary por su paciencia y ayuda en la recopilación y alineación de las imágenes

Thursday, December 13, 2012

¡Al atardecer seremos juzgados en el amor!.



                                             

El 14 de Diciembre, la Iglesia y la Orden del Carmelo celebran la fiesta litúrgica de San Juan de la Cruz, Presbítero, Poeta, Religioso Místico y Doctor de la Iglesia.
San Juan de la Cruz es el padre y maestro espiritual del Carmelo Teresiano, doctor de la vida cristiana en su dinamismo teologal, cantor de la hermosura de Dios y de la belleza de la creación.
Su recuerdo se transforma hoy en liturgia viva.
A través de la alabanza divina, su oración y su poesía, su canto eterno de gloria, se hacen viático y plegaria del Carmelo peregrino aquí en la tierra.
Su doctrina fue una interpretación viva del Evangelio, por eso la Palabra de Dios ilumina su experiencia y sus enseñanzas tienen alcances insospechados en la meditación de esa Palabra.

                       
                           
Romance Acerca de la Encarnación
San Juan de la Cruz

Entonces llamó a un Arcángel,
que San Gabriel se decía,
y enviólo a una doncella
que se llamaba María, 
de cuyo consentimiento
el misterio se hacía;
en el cual la Trinidad 
de carne al Verbo vestía.
Y aunque tres hacen la obra,
en el uno se hacía;
y quedó el Verbo encarnado
en el vientre de María
Y el que tenía sólo Padre,
ya también Madre tenía,
aunque no como cualquiera
que de varón concebía;
que de las entrañas de Ella
Él su carne recibía:
por lo cual Hijo de Dios
y del hombre se decía.

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Dibujo a tinta atribuido a San Juan de la Cruz
1572-1577.
Museo del Convento de la Encarnación Ávila.


El siguiente link enlaza a un video con un himno dedicado a San Juan de la Cruz, arreglo musical e interpretación del Grupo "La Viña del Carmelo", capilla de los frailes ocd, Barquisimeto. Edo Lara, Venezuela.
Realizado por F. Iván Mora Pernía, ocd.
Producción: IDJMP.
Himno a San Juan de la Cruz  http://youtu.be/SkxD_UUq6Rg


                                           
Nota:
El día 13 de Diciembre del pasado año 2011, publicamos un trabajo sobre la vida de San Juan de la Cruz, al cual se puede acceder retrocediendo varios artículos, en este mismo blog.

Bib. Extracto, de Oficios propios del Carmelo Teresiano.
       Poesía. Obras Completas de S.J. de la C.
Fotos: diferentes sitio Web.




Saturday, December 1, 2012

Adviento, tiempo de expectación piadosa y alegre.


(Palabras del Papa Benedicto XVI- Adviento 2011)

¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy iniciamos en toda la Iglesia el Nuevo Año Litúrgico: un nuevo camino de fe, a vivir juntos en las comunidades cristianas, pero también, como siempre, a recorrer dentro de la historia del mundo, para abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor. 
El Año Litúrgico empieza con el 
Tiempo de Adviento:
tiempo estupendo en el que se despierta en los corazones la espera de la vuelta de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne mortal.


Bendición de la Corona de Adviento.



Te pedimos Señor que bendigas esta corona
para que nos inspire a preparar con expectación piadosa y alegre nuestra alma para esperar tu llegada. 

Te rogamos Señor que al ir encendiendo cada una de sus luces, se disipen las tinieblas del pecado y comience a clarear la luz de tu presencia en nuestras almas.

Enséñanos Señor que a través del espíritu de oración y de la práctica de las buenas obras, nos llenemos de caridad para prepararnos a recibirte 
y para anunciar a las personas que nos rodean, 
Tu presencia entre nosotros. 
Amén.

Nota:
Ya se pueden ver con facilidad, las imágenes referentes a la Profesión Solemne de la Hermana Keibet del Niño Jesús, publicadas en trabajo anterior.